¿Porqué me confieso?

El Sacramento de la Reconciliación es un acto de amor y de misericordia infinita de parte de Dios para todos

Hay un hecho innegable: todos los seres humanos cometemos pecados, tenemos debilidades y errores, y sentimos la imperiosa necesidad del perdón.

El Sacramento de la Reconciliación es un acto de amor y de misericordia infinita de parte de Dios para todos, pero precisa tener un ministro: el sacerdote válidamente ordenado.

Fue el mismo Cristo quien dio a los apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados: “Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (In 20, 21-23).

Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón.

No es el sacerdote quién otorga el perdón, sino Cristo en la persona del sacerdote. La formula de la absolución dice: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando nos confesamos, el que esta escuchándome es Cristo; el sacerdote “presta” su voz, sus oídos, sus gestos.

Además, cuando nos confesamos no sólo nos reconciliamos con Dios, sino con toda la Iglesia, pues el pecado ofende a Dios, pero también a la Iglesia. El sacerdote está allí representando a la Iglesia con quien también nos reconciliamos por su intermediación.

El perdón es algo que se recibe, no podemos otorgarnos solos el perdón. Cristo dispuso que al confesarnos, alguien escuchara nuestros pecados y los absolviera en su nombre, para que tuvieramos la plena seguridad de haber alcanzado el perdón y la misericordia divina y que sea un ministro quien administre el sacramento.

Es una disposición de la sabiduría divina que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote. El hecho de que sea hombre como nosotros, que cometa pecados, y que tenga debilidades, facilita la confesión, pues el sacerdote sabe en carne propia lo que és ser débil; puede entendernos y aconsejarnos mejor.

Como somos humanos probablemente volveremos a caer. Eso no debe obstaculizar que nos confesemos, al contrario la gracia que recibimos en el sacramento nos va fortaleciendo cada vez más para vencer las tentaciones y evitar nuevas caídas.

Ese temor que nace de imaginar “qué va a pensar el sacerdote de mi”, al confesarle nuestros pecados, debe movernos a reflexionar que el sacerdote está ahí para perdonar en nombre de Cristo, no para juzgar nuestras actitudes. De hecho un sacerdote al estar confesando valora nuestra fe, sinceridad, nuestras ganas de mejorar, nuestro deseo de no ofender más a Dios, y nuestra necesidad de ser perdonado.

Razones para confesarnos hay infinitamente más que objeciones y argumentos que podamos escuchar. Entre las razones están las siguientes: La confesión nos ayuda a hacer un examen profundo de conciencia, eso nos conduce a saber qué pasa, qué hemos hecho mal, cómo vamos en nuestra vida espiritual, nos sitúa en una realidad que nos hace conocernos y entendernos.

 

También evita que nos auto-engañemos. Es muy fácil engañarnos justificando lo malo que hicimos, y tratando de suavizarlo. Cuando nos confesamos, con sinceridad nos ubicamos en la justa dimensión de nuestros actos.

Nos hace mas objetivos. Nadie es buen juez en causa propia. Mediante la confesión recibimos consejo y orientación moral para luchar mejor contra las faltas que hemos cometido, esto nos ayuda mucho para progresar en la vida.

Finalmente algo muy importante, recibir todas estas gracias en el Sacramento de la Reconciliación nos enseña a perdonar. Solo experimentando la Misericordia de Dios podemos aprender a ser misericordiosos. ¿Ahora sabes por qué nos confesamos?

 

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Autor entrada: Mateo